El 9 de febrero es el Día clásico del Periodista en Colombia
Del periodista, abogado y académico Jorge Alberto Velásquez Betancur.
Todo el mundo habla de “posverdad”, aunque creo que el término es inapropiado, porque la verdad siempre está ahí, aunque no se le busque o aunque se encubra. La verdad es per se. Lo que ha cambiado es el periodismo.
El periodismo que conocimos agoniza. En el lenguaje de las nuevas generaciones esa palabra poco se usa. Hay pocos periodistas, en cambio, hay multitud de generadores de contenido, la mayoría de los cuales no han pasado por una escuela de periodismo. Y, vaya paradoja, quienes asistieron a las facultades de periodismo lo que hacen es repetir lo que los generadores de contenido publican en sus redes. El mundo al revés.
La RAE define la posverdad como la manipulación de la realidad para influir en la opinión pública. Eso es publicidad o propaganda, lo contrario de lo que hacía el periodismo: informar para que la gente decidiera por sí misma.
La expresión posverdad (post-truth en inglés) fue acuñado por el dramaturgo Steve Tesich en 1992, ganando relevancia mundial. Como tal, fue escogida palabra del año en 2016 por el Diccionario Oxford.
El periodismo busca establecer la verdad, por todos los medios posibles a su alcance: investigación, reportería, contraste de fuentes, verificación de datos. El posperiodismo solo quiere engañar con fines proselitistas. Su motivación es ideológica. El periodismo describe la realidad, el posperiodismo la crea a su amaño, falsificación de por medio, al dictado de intereses mezquinos.
El periodismo exige rigor. El posperiodismo apela a otros procedimientos menos exigentes, no invierte tiempo en consultas, investigaciones ni verificaciones y, por lo tanto, es superficial. Se nutre de bulos, mentiras y contenidos de redes sociales donde lo que importa es el escándalo, la emocionalidad y no la razón.
La verdad ya no importa. No se le busca y si aparece, se esconde. La mentira, la difamación, la exageración, es lo que vale ahora. Por eso se recurre a titulares escandalosos, a mentiras que no se rectifican, a rumores que nunca se aclaran. Se difunden errores a propósito porque esa es la imagen que queda en la retina del espectador. Si es necesario, se fabrican pruebas falsas, se amenaza a los testigos verdaderos y se compran nuevos testigos que repiten en cadena los guiones preparados en oscuras oficinas. Memes generados por IA, fotos manipuladas por IA, mentiras con fines perversos son la esencia del posperiodismo. Su intención es confundir, atosigar, agobiar, cansar. El engaño total. La Inteligencia Artificial, que es el instrumento preferido del posperiodismo, pretende a toda costa seducir y emocionar al tiempo que inhibe toda posibilidad de razonamiento.
El periodismo era de verdad, el posperiodismo no. El periodismo informa, el posperiodismo de redes y (muchos) medios digitales desinforma, insulta y promueve el odio.
Durante los últimos 10 años del siglo veinte y los primeros 20 del siglo veintiuno hubo una explosión de periodistas. Era la carrera de moda entre los jóvenes, seducidos por la posibilidad de llenar espacios en televisión y en las otras pantallas abiertas por la tecnología. Además, la carrera de Comunicación social era una buena fuente de financiación de las universidades privadas. A partir de la crisis económica iniciada en 2008, las posibilidades de empleo empezaron a decrecer en forma alarmante. La epidemia del Covid-19 marcó un punto de inflexión para las universidades y una de las carreras afectadas fue la Comunicación social. Los jóvenes entendieron que para ser “infuencers”, “youtubers”, “tiktokers”, “instagramers” no tenían que ir a la universidad durante cuatro o cinco años. Solo necesitan tener un buen celular, un aro de luces y mucho tiempo disponible. Y ahí van, confundiendo periodismo con publicidad, con superficialidad, con banalidad.
(Medellín, Día del Periodista 2026)
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