El arte de hacer un 27 de junio
Camino a la Séptima
Por: Juan Carlos Luján Sáenz
En 2004 el DIM le dejó un ojo morado al Nacional que aún no se deshincha, y otros casos de la vida real.
Pasó el 27 de junio de 2004. Medellín jugaba contra Nacional una final que se suponía fácil para el equipo más ganador de la ciudad. Los verdes, verdugos históricos del Rojo y acostumbrados a pasarle por encima desde 1972, cuando el historial del clásico paisa se empezó a torcer a favor de los del frente, miraban con soberbia los dos partidos de la semana, a jugarse en los últimos días de junio de 2004. Era cuestión de esperar para levantar la octava y seguro que el round uno —la noche de un jueves— sería el comienzo del festín.
La primera imprudencia fue de Serna, un torpe, flaco y desgarbado delantero que tenía la mala costumbre de marcarles a los grandes: a Cali, Junior y al mismo Nacional les había aplicado, años atrás, dosis de a tres por partido, cuando todavía era un desconocido que venía de jugar en la B. Serna puso el 1-0, pero aquella altanería contra la historia sería, en la mente de los verdes, un accidente de esos que ocurren en esto del fútbol. Nacional lo empató a los minutos, sin duda lo justo con el destino: Perea dejó el marcador 1-1 y en instantes la aplanadora verdolaga haría su trabajo.
Pero la aplanadora se quemó aquella noche cuando otro delantero rojo, Rafita Castillo, de pasado verde y perfil bajo, dejó el partido 2-1 a minutos de terminarse: un pereirano tuso y bajito, de camisa por fuera, colgó a Prono Velásquez en el arco norte y celebraba abrazado a Serna aquella noche atípica en la que el eternamente aplastado se iba a dormir ganador y perplejo por el ambiente que lo esperaría el domingo: con el Verde de local y la tribuna de su lado. Medellín acabó el juego con diez hombres, una esperanza lejana, y una afrenta que le tocaría pagar por atrevido y burlón, y por incomodar al más grande y rico de los clubes del país.
Pero no pasó lo lógico. A veces la historia o lo establecido juega en favor de las minorías y de los estrellados. Es lo que llaman excepción, y parece ser una broma de pésimo gusto de los dioses para que los abnegados crean, así sea pocas veces, que “creer” está en sus posibilidades. El marcador de aquel partido de vuelta —jugado el domingo 27 de junio en la tarde en un Atanasio Girardot con un 70 por ciento de color verde en sus gradas— nunca se modificó en los 90 minutos. “El global”, el tecnicismo que utilizan los periodistas para sumar el marcador de dos partidos en una sola cifra, fue de 2-1. Medellín fue campeón por cuarta vez y dejó en stand by el octavo título verde. También tuvo licencia para olvidarse, así fuera unos días, de las tantas y sentidas goleadas y humillaciones de la vecindad del frente.
Después de aquella tarde, en los años siguientes, Nacional ganó, ganó y ganó: no solo títulos, también sumó a su favor más clásicos y más goleadas. Los dioses supieron recompensarlo por la chanza del 27 de junio con más altanería, y cada vez que en las redes, la radio, la TV, las web y los diarios se anuncia otro clásico antioqueño, la parcial minoritaria de la ciudad se imagina la peor de las ofensivas: el Chacal amenaza otra vez.
“Esto no se queda así”
En el colegio en el que estudié en Envigado, en la década del 90, había un ‘pelao’ con las mismas características de Nacional: fortachón y soberbio. Uribe. Cada una de nuestras narices sucumbió una y otra vez a sus puñetazos, hasta que un día, una tarde, el más enclenque y el menos favorecido por la selección natural de mi salón, hizo un “27 de junio” que hoy, 33 años después, me viene a la mente con —lo tengo que confesar— una relativa alegría, así deteste la violencia.
Cansado de las golpizas de siempre y con pocas opciones de atinar, el amigo Monsalve volteó y asestó un certero derechazo en el ojo de su eterno victimario. Derrotado y humillado, el vencido de este recuerdo intentó ponerse de pie, a lo que Monsalve se alejó tan asustado como el Medellín el jueves de su primer asalto de 2004.
“Esto no se queda así”, le recordó a Monsalve el Nacional humano de esta historia antes de la clase de Filosofía que siguió a la corta pero histórica pelea que Monsalve sumó para sí y que todos quienes fuimos víctimas del Goliat de turno festejamos como si fuera nuestra: dignidad propia por un puño ajeno. “Quedate tranquilo que eso no se queda así, más tarde se te va a hinchar”, le ripostó, sin ni siquiera mirarlo, el profe de Filosofía al victimario de todos, a lo que una carcajada conjunta se escuchó en todo el salón mientras el vencido miraba para el piso, con la cara de resignación de todo altanero, por la segunda humillación que sumaba en minutos.
Como Nacional luego del 27 de junio de 2004, el amigo Uribe siguió “escondiendo” narices en adelante. Pocas veces le opusieron resistencia. No obstante, el golpe certero de Monsalve —que efectivamente le sacó un morado de días en su ojo— seguro lo acompaña hasta hoy. Mal recuerdo para un guerrero. Y lo de hace 21 años es también un mal recuerdo para el más ganador de este país, para el verdugo de muchos, para el que por más títulos que sume tendrá un morado como el que sigue a Uribe donde esté, cicatriz permanente que los dioses quisieron marcarle en el nombre a Atlético Nacional. Fue un 27 de junio de 2004.
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